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martes, 30 de septiembre de 2014

No desesperes, al final, duermen

Mi niña nunca ha sido una buena dormilona. Las primeras dos noches de vida, se las paso en mis brazos mientras la paseaba por los pasillos de la maternidad, porque el fresco y el paseo era lo único que la hacía dejar de llorar. Luego sufrió los cólicos del lactante, problemas de gases, la dentición… 


Es muy desesperante, porque por un lado está la impotencia al no poder hacerla dormir. Por otro lado está la preocupación de que no duerma porque tiene algún dolor, algún malestar. Por otro lado está tu propia necesidad de dormir y descansar. Por último, siempre hay algún experto sin hijos que te da consejos absurdos y te explica que no duerme por tu culpa.

Más de dos años de pasar sueño después, un buen día, o mejor, una buena  noche, descubres que la cosa ha cambiado. Aunque aún son raras las noches que puedes dormir de un tirón, una mañana te despiertas y te das cuenta de que esa noche solo ha habido una interrupción. Ese día estas más contento. Y cuando eso vuelve a pasar al día siguiente y al otro solo un par de interrupciones y alguna noche duermes del tirón, te das cuenta de que tu bebé se hace mayor… O te estás quedando sordo y ya no te despiertan sus llantos.

Aún recuerdo los primeros meses. Los cólicos del lactante, casi siempre nocturnos. Algún viaje a urgencias. Y a una amiga madre de mellizos que también lo sufrió y nos contaba que a sus pequeños se les paso sin más ni más justo cuando cumplieron los tres meses. Contaba los días que faltaban para llegar a los fatídicos tres meses. Y los tres meses llegaron y los cólicos dieron el relevo a los gases y a la dentición…

Pero poco a poco iba durmiendo más. Ya pasaron las noches de no dormir ni dos horas seguidas y llegaron noches más tranquilas. Aun así, la única manera de dormir a mi niña era en brazos, y conforme iba creciendo se hizo necesario estar sentado para dormirla o incluso estar acostado con ella sobre el pecho para que se durmiera. Y no faltaba quien, desde su total y absoluta falta de experiencia, te decía que no durmieras en brazos, porque así nunca iba a querer dormir sola.

Y empiezan los progresos. Apenas te das cuenta cuando ocurren, pero vistos en perspectiva, los reconoces y los valoras.

Un buen día, la niña se incorpora en la minicuna y te das cuenta de que es momento de llevarla a su habitación y ponerla en la cuna para que no se pueda caer. Piensas que va a ser una odisea, porque cuando despierte y se vea sola, llorará más inconsolable y no se querrá dormir bajo ningún concepto para no despertarse de nuevo sola. Pero no es así, despierta más o menos con la misma asiduidad y tu redescubres el placer de meterte a la cama sin preocuparte de hacer algún ruido. ¡Incluso puedes encender la luz de la mesilla de noche sin temor a que se despierte!

Y pasa el tiempo y un día decides que en lugar de dormirla en tu habitación y luego llevarla a la suya puedes tratar de dormirla sentado en el sillón de su habitación. Y funciona. Incluso cuando se despierta por la noche puedes usar el sillón para dormirla de nuevo.

Entonces te sientes más osado y una noche cuando está casi dormida le preguntas si quiere dormirse solita en su cuna. Evidentemente dice que no. Pero tu insistes a la noche siguiente y a la otra, hasta que de pronto, te dice que sí. El pago es que te quedes sentado un rato junto a su cuna, cogiéndole la mano que saca entre los barrotes hasta que se duerme. Pero por fin se duerme.

Y un día que has dormido bien y te despiertas optimista, quitas el lateral a la cuna y la conviertes en una camita. Mi bebé, que ya no es un bebé si no una pequeña princesita se siente encantada de poder subir y bajar ella sola de la cama y hasta se acuesta ella sola, abrazada a su peluche mientras tú le cuentas un cuento. Aunque sigue exigiendo como peaje el que estés un rato sentado a su lado  cogiéndole la mano.

La primera noche que durmió en su camita, estaba convencido de que se caería. En la cuna acostumbraba a dar mil vueltas y amanecer con los pies en el cabecero o la espalda pegada a los pies de la cuna. Durante un tiempo, dejamos unos cojines en el borde de la cama por si se caia… Pero no se ha caído y ha dejado de darse la vuelta en la cama.

Y un día, abres los ojos de madrugada, y la ves plantada en la puerta de tu habitación, mirando y tu primer impulso es enfadarte porque se ha bajado de la cama y venido descalza. Pero te das cuenta de que esa noche, no te ha reclamado ni una vez. ¿Y qué haces? ¿Te enfadas por el paseo o te alegras porque empieza a dormir?

Al final, creo que lo que voy a hacer es alegrarme. Alegrarme porque crece. Aunque lo cierto es que cuando ahora tengo que dormirla ocasionalmente en brazos por alguna pesadilla o ataque de gases, creo que la abrazo más fuerte porque echo de menos tenerla en brazos.

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