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viernes, 22 de agosto de 2014

De excursión al zoo

Hace unas semanas era el cumpleaños de mi mujer, y como es una enamorada de los pandas (los osos, no los coches) y de los delfines, pensé que podía ser un buen regalo una visita al zoo, que además seguro le encantaría a nuestra pequeña y sería la primera gran excursión que hiciéramos con ella.

Os voy a contar como lo hicimos para conseguir que fuera un día agotador pero que mereció mucho la pena para todos.


Obviamente, lo primero es hacerse con las entradas. Si se compran por Internet y con antelación, el Zoo de Madrid ofrece mejores tarifas que en taquilla. Además, el amigo Google me permitió encontrar unos códigos de descuento que me permitieron ahorrar un poquito más. Finalmente, en la web del zoo descubrí que comer allí es más caro que en un restaurante de muchos tenedores. Habrá que llevarse la comida de casa.

Aprovechando que ya comemos de todo, la comida fue de excursión campestre. Bocata de tortilla de patatas para los mayores y tortilla en tupper para mi niña. Acompañado de unos pures de fruta de esos en sobre que me habían regalado amablemente la gente de Hero por seguirlos en Facebook. Y puedo aseguraros que fue todo un éxito. La tortilla estaba de miedo. Mi mujer la hace riquísima, creedme

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Aunque mi niña ya va caminando a todas partes, la idea de que una niña de dos años pueda patearse durante todo el día el zoo es un poco descabellada, así que una amiga nos prestó un carrito. Mi primera idea era haber alquilado un cochecito eléctrico de los que ofrece el zoo, pero de nuevo los precios son exagerados. Aunque comparado con un centro comercial donde alquilan cochecitos de bebé con forma de peluches gigantes a dos euros el minuto…

Y el último reto logístico que había que preparar era como llegar al zoo. Lo que mejor nos hubiera dejado es el autobús. Pero hay que recorrer medio Madrid desde mi casa para cogerlo y además, aunque tiene sitio para carritos, no es cómodo y menos si vas a un sitio donde prevés que irá más gente con carritos. Afortunadamente en la puerta de casa tengo una parada de tren de cercanías, que para más felicidad es totalmente accesible con el carrito. Desde allí una ruta en dirección contraria nos lleva hasta la línea 10 de Metro, que nos lleva derechitos al zoo, con trenes grandes… y los inevitables ascensores de Metro fuera de servicio que te llevan a cargar como un burro con el carro escaleras arriba y abajo.

Solucionada la logística, llega el día de la excursión. El viaje en tren muy bien, y en el Metro, excepción hecha del ascensor averiado, también muy bien. Luego un paseíto por la Casa de Campo hasta el zoo y comienza la aventura.

Siempre he pensado que la típica foto que te hacen a la entrada del zoo es una tontada. Pero cuando  repasas fotos con la niña, te das cuenta que casi siempre está con mamá o con papá, pero fotos de los tres… Poquitas. Así que si alguien te hace la foto de grupo y no eres tú el que está tras la cámara, hay que aprovechar.

Empezamos por la zona de las aves. Básicamente patos y flamencos rosas que se alimentan de lo que los visitantes les damos. Y para ello, nada mejor que una máquina expendedora de alimento para aves hábilmente ubicada. Es de las pocas cosas que no me pareció cara. Un eurito por un recipiente lleno de comida me pareció justo. Cogí un bote de comida, la abrí, y los pelicanos vinieron gustosos a comer de la mano. Evidentemente mi niña también quiso alimentarlos, pero cuando vio como acercaban sus grandes picos a la mano, decidió que mejor yo le daba la comida en la mano, que ella prefería echársela al suelo y que se sirvieran solos. Pasamos un ratito muy agradable e hicimos bastantes fotos. Además sobro comida que les dimos por la tarde antes de marchar, pasando otro buen rato y haciendo más fotos.


Llegamos a la exhibición de leones marinos y logramos encontrar un buen sitio a la sombra. Mi nena miraba muy atenta a los dos leones marinos hasta que se pusieron a jugar con una pelota y ella quería que se la dejaran.  Pero aunque no se la dejaron, les perdono y estuvimos un ratito sentados a la sombra viéndoles hacer gracietas de todo tipo.


Después llegó el momento culminante para mi mujer. ¡Los pandas! La cría estaba subida a un árbol alejado y tumbada en unas ramas en postura inverosímil, los padres, dentro de la zona cerrada, uno durmiendo la siesta y otro comiendo bambú. Aunque mi mujer lo disfruto como una enana, para padre e hija no fue lo que más disfrutamos del zoo.

Luego visitamos  a Simba y Nala (¿no has visto El Rey Leon?). Nala estaba activa, básicamente porque acababa de echar una meadita. Simba parecía un peluche de un león que alguien había dejado tirado a la sombra. Pero para mi niña fue un gran momento ver los leones y si hubiera podido habría ido corriendo a jugar con ellos.  Luego seguimos con los “gatitos”. Dos imponentes tigres blancos, que estaban bastante más activos que los leones, pero que causaron menos impresión.


Cuando yo era pequeño, se llamaba el pequeño zoo. Ahora más pragmáticos, lo llaman “La Granja”. Allí vimos dos briosos corceles. Bueno, en realidad eran dos ponis que a mi niña le parecieron preciosos caballos hasta que le dijimos que no, que eran ponis y comenzó a llamar a Fluttershy, el pequeño poni. 

De allí pasamos al burrito, algo más grande y bien apestoso, que no causó sensación alguna.  Visitamos las gallinitas de la abuela Pig, una ovejita lanosa, ¡a la propia Peppa Pig!, unos polluelos… y llegamos al momento “¡quita cabra!”

Hay un cercado con pequeñas cabritas y a la entrada la pertinente máquina con pienso. Ante el éxito con los flamencos, gaste otro euro en comida animal y entre el cercado con mi niña de la mano. Llegó la primera cabra y mi niña decidió que la tierra no era un lugar seguro y que mejor escalaba por papá.  Abrí el bote de comida y empecé a alimentar a la cabrita. De nuevo mi niña quería también alimentar a los animalitos, pero mejor sin que la tocaran, así que se dedicaba a pedirme comida para echarla al suelo frente a las cabras y a trepar tan alto como podía sobre papá, o sea, yo. Mientras sujetaba a la niña con el brazo y la comida con la mano, usaba la otra para dar de comer al creciente número de cabras. Y como entre los dos no las alimentábamos lo bastante rápido, se apoyaban con las patas delanteras en mi para pedir.

En un momento dado, trataba de sujetar a mi niña que ya me trepaba a la altura del cuello y pedía más comida para los animalitos mientras una cabra llegaba a rozarle los pies con sus pezuñas. Tenía una cabra entre las piernas, otra apoyada en la pierna derecha, una delante de mí que me apoyaba las patas para pedir comida, igual que otra que lo hacía a mi derecha y a mi mujer haciendo fotos y partiéndose de risa al otro lado del vallado. Entonces, como el más avezado de los pastores, pronuncié el fatídico “quita cabra” mientras las apartaba para poder sujetar bien a mi niña y seguir dándoles la comida que menguaba a toda velocidad. Acabada la comida, casi se comen hasta el bote de plástico, salí del cercado con ganas de darle más comida a los animalicos, que me resultaron simpáticos. Mi niña también quería seguir alimentándolos, pero bien subida a los lomos de papá. Y mi mujer seguía riéndose mientras repetía una y otra vez “quita cabra”.


Después nos fuimos a ver una de las cosas que más ilusión le hacía a mi pequeña. Las jirafas. Las vimos desde una pequeña atalaya que hay en un lateral de su instalación, por lo que las veíamos cerca. Además, un cuidador les estaba dando ramaje para comer, así que las teníamos a buena vista y mi niña quedó encantada. Cuando nos cansamos de verlas, encontramos una sombra con un banco allí mismo y nos pusimos a comer. Todos dimos buena cuenta de la tortilla y como era de esperar, la siesta infantil brillo por su ausencia. También es cierto que ya contábamos con ello. No vas a dormir a una niña de dos años sobreexcitada por todo lo que está viendo, solo porque tú lo digas. Y ¡qué demonios!, yo tampoco hubiera querido dormir.


Seguimos con el paseo y vimos a los papiones (los monos del culo rojo) con su clásica algarabía. Mi nena solo decía que eran ruidosos. Llegamos por fin a los que deberían ser las estrellas de la visita para mi peque, los elefantes y… paso de ellos olímpicamente. Cierto es que el elefante grande nos daba el culo, pero había uno más pequeño que estaba escarbando en la tierra, rebozándose, caminado… Pues nada, toda la semana diciendo que iba a ver los elefantes y no les hizo el más mínimo caso. Eso sí, la escultura floral con forma de elefantes que había al lado fue todo un éxito. Algo es algo.

Después decidimos ponernos un rato a la sombra, entrando en el acuario. Fue una mala idea, porque el calor con la humedad propia del lugar era peor que estar fuera a la sombra. Además de que los peces, medusas y el impresionante tiburón no llamaron para nada la atención de mi pequeñuela, que acusaba la falta de siesta.

Llego el momento de ir al espectáculo de los delfines. Llegamos con tiempo para poder buscar un buen lugar a la sombra y como faltaba un ratito para que comenzaran, usé el viejo truco de poner unos dibus de Peppa Pig en el móvil. Pero cuando la cosa comenzó, mi pequeña tenía sueño, mucho sueño. No se quería dormir y hacia todo lo que podía por evitarlo. Beber agua, subirse encima mía, frotarse los ojos… Y a falta de unos minutos para acabar el espectáculo, se durmió. Pero fue salir del recinto del delfinario, tratar de dejarla en el carro y… los ojos como platos y a seguir la juerga.

Nos vino bien, porque aprovechamos para hacernos una foto con una pitón albina. Y no penséis que intimidó a mi pequeña. Más bien intimidó a las cuidadoras, que nos quitaron la serpiente de su alcance lo más rápido que pudieron.

Hecho todo esto, merendamos un heladito, alimentamos a los osos con los restos del pan de los bocatas y a los flamencos con los restos del pienso y tras una breve pasada por la tienda de recuerdos y la de fotos, volvimos a casa, cansados pero felices.

Y por primera vez en la historia, y sin que sirva de precedente, dormí a mi niña antes de acabar de contarle el cuento de caperucita roja. Aunque bien es cierto que si tengo que seguir mucho rato en su habitación a oscuras para dormirla, me hubiera dormido yo también.

Dinerete bien empleado y día disfrutado por los tres. No puedo pedir más.

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